Av. Luisa Cáceres. Quinta El Paradero, número 56 – Los Rosales

 Yo me crié en la avenida Luisa Cáceres de Arismendi, Quinta El Paradero, número 56; a escasos metros de la avenida Nueva Granada y desde el jardín de mi casa podía ver el Almacén Talo. Llegué a la edad de 7 años a vivir en una cuadra que marcó parte de mi infancia.

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Mi mamita, Isabel de Gamboa, había alquilado esa casa y con su ingenio y tenacidad de emprendedora la convirtió en una pensión de 14 habitaciones. Ahí se hacían tertulias interminables de política, economía y cultura. Que si Caldera, el presidente Caldera, cerró la universidad y la escuela técnica, y perseguía a cuanto estudiante peludo o greñudo se le atravesaba en el camino. Que si Cuba, que si Chile, bla, bla, bla…

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En fin, vivir en esa casa fue muy enriquecedor, ya que yo tomé la sana costumbre de aprender sin ton ni son cuanta vaina escuchaba. Por ejemplo, me encantaba escuchar las canciones que los estudiantes entonaban de sus regiones ¡Qué bien cantaban y qué sabroso debatían! Había una pluralidad de criterios y un sentido democrático admirable.

Isabel, mi mamita, servía de Presidenta del Congreso de La Quinta El Paradero. Tenía su propio manual, nadie podía alzar la voz, ni tampoco ser un blandengue en sus opiniones y mucho menos irse a las manos, aunque en alguna que otra oportunidad habían sus empujones. Y cuando eso ocurrió mi madre fue implacable, le decía al agresor que, o pidiera disculpas, o se iba a la calle, ya que le debían tres o cuatro meses del alquiler. Y había un silencio en espera de la disculpa, disculpa que se daba, pero también sufría una amonestación el agredido porque según ella había usado un tono burlón, sarcástico y ofensivo. Y en ese caso le decía, “Usted está al día en el pago, porque sus padres pagan a tiempo, pero eso no le da derecho en mi casa a ofender a nadie”.

Bartolomé era mi vecino y recuerdo mucho a su padre, el viejo Ubaldo Lugo, quien tubo en el garaje de su casa una venta de zapatos, Calzados Lugo, que por razones del destino no funcionó y se volvió cosedor de zapatos  para la Rex. Era un viejo dicharachero, con voz de locutor y lleno de refranes. “¡El buen soldado ni se niega ni se ofrece!”  “¡En restrojo viejo siempre hay batatas!” Y le encantaba jugar caballos. Por cierto, se me olvidaba que en la pensión vivió un jinete, Héctor Revelo, alias "El Pájaro”, quien un día le dio a Ubaldito, el hermano mayor de Bartolomé, el dato de un caballo, Jabelo Star. Ubaldito le jugó 20 bolívares y pues se ganó unos reales.

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La abuela Lugo, Doña Narcisa, siempre elegante y pausada, y con el pelo recogido por una peineta. Ella  me dio mi primer contrato de pintor de brocha gorda, ayudante de Bartolomé, para que pintáramos toda su casa. Y me enseñó una lección que jamás olvido y que la aplico en todos los actos de mi vida. “¡Jorge porque usted esté más sucio y lleno de pintura, no significa que usted pinte o trabaje mejor! Recuerde, el que sabe hacer su trabajo ahorra en cada detalle del mismo, y lo demuestra en la limpieza de sus ropa”.

                                                                                                                                         

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Dona Narcisa con su mejor amiga

Margot, la madre de Bartolomé, era bella. Una señora llena de pausas y de una hermosa sonrisa. Eso sí, sus ojos estaban llenos de melancolía.

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Bartolome Lugo y su madre Margot<br />

También de vecinos estaban los Cardozo, dos hermanos, Víctor y José que hasta el día de hoy están vivos. En esa casa yo participé del primer híbrido de un Volkswagen con dos motores, uno adelante y otro atrás; fue emocionante ser partícipe de tanto ingenio y sobretodo de escuchar tan buena música. Los Cardozo se vestían de caqui siempre, súper cultos y curiosos, y conmigo siempre fueron amables. El patio de su casa era de una pulcritud como solo he visto en los hangares para aviones. Ahí escuche los más grandes conciertos de Bach, Rachmaninoff, Schumann, Prokofiev, Liszt. ¡Qué maravilla de música!. Ellos montaban el otro motor del carro en un ambiente de cultura, limpieza y conocimiento. Qué grandes maestros fueron en mi vida y qué privilegio haberlos tenido.

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Yo aprendí a jugar ajedrez y damas chinas con una profesora de primera,  Misia Helena Dávila , una señora blanca, juguetona y súper alegre, que nos quería a todos los niños, a mí me adoraba, ya que era el más aplicado en sus lecciones. Tocaba el piano para mí como una diosa. “Jugar ajedrez te enseña las lecciones más profundas que sin duda tendrás que aplicar en la cotidianeidad de la vida. ¡No lo olvides, Jorge, no se sacrifica a un peón por simple capricho, como hacen los que están en el poder, ellos siempre sacrifican a los de a pie, a los pobres; esos son los peones del poder. Un caballo y una torre pueden ser la maldición para poner en jaque a un Rey. El caballo tiene brío y la agilidad de saltar y la torre la altura para otear el horizonte  y hacer su jugada. Las damas chinas te enseñan la velocidad que debes tener en las acciones que tomes”. ¡Qué placer era jugar con Misia Helena!.

Se volvió loca un martes fatídico, quizás por eso no me gustan los martes. Estábamos jugando y de pronto empezó a romper platos y muñequitos de cerámica. Y yo heredé en el último instante, antes de que se la llevaran los loqueros, el tablero de ajedrez. Me lo entregó como el tesoro de nuestra amistad,  “Jorge no te olvides de practicar”, fue lo último que me dijo. Todavía  conservo el tablero, como el Santo Grial de mi niñez.

En mi cuadra aprendí del honor de la palabra por mi amigo Bartolomé Lugo, quien en una tarde de lluvia me abofeteó dos casas y medias por la infidencia que comenté de él con su mamá, Margot. No me pude ni defender, fue de sorpresa, sin traición, como deben ser las peleas entre hombres; la velocidad junto a su rabia no me dieron tiempo de reaccionar y defenderme. Pero juro que aguanté sin botar una lágrima y sin caerme, en mi cuadra se perdonaba todo menos llorar y caerte en el piso. Creo que por eso Ubaldo Lugo, el hermano mayor de Bartolomé, tuvo la deferencia maravillosa de llevarme a un partido de basquetbol en el Poliedro de Caracas y además me explicó el significado de la palabra Poliedro. Qué maravilla ver ese primer partido, la emoción y la energía del juego.

También con Ubaldo fui a ver el estreno de Jesucristo Súper Estrella y soportó, y perdonen la expresión, la ladilla mía de que me sabía todas las escenas de la película sin haberla visto, porque había escuchado en Radio Capital todo el especial que transmitió Napoleón Bravo sobre la película. Creo que del tiro Ubaldo Lugo se casó y se fue a vivir a Valencia por varios años.

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Tuve otros amigos como Rafael Aumaitre y su primo Rodolfo Gómez, quien murió hace un mes. Con Rafael las cosas eran más parejas ya que el me lleva un año de edad, me divertí mucho con él y su familia fue maravillosa conmigo. Rosa Matilde Aumaitre, su madre y el Doctor Rafael Aumaitre, médico pediatra, un hombre margariteño, autodidacta del inglés y que le gustaba hacer sus propios refranes. Por ejemplo “Actúa a prisa y te arrepentirás de tus actos” era traducido más o menos así “Actin gey y repen alessior”. También estaban sus hermanas y la vecina de ellos, Silvia.

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Silvia fue mi primer amor, le recitaba los poemas que me robaba del Repertorio Poético de Luis Edgardo Ramírez, hasta que alguien se lo llevó y yo tuve que fajarme a escribir mis propios poemas llenos de mala ortografía – todavía lucho con eso –  para conquistarla y lo hice. Yo, el único de mis amigos que vivía en una pensión, que tenía una madre que no era la mía, que mi padre se había marchado a España a resolver su divorcio y tuvo un accidente en que casi pierde su mano derecha, su convalecencia, los rollos económicos, etc. Pero yo me la levanté.

Su papá era un diputado de La Asamblea, que fumaba todas las noches una pipa mientras daba una vuelta a la manzana, y yo tuve la “voluntad” de confesarle mi amor por su hija. Apliqué la estrategia del ajedrez de poner un peón adelante sin perderlo, usar el brío del caballo y  la altura de la torre para otear cuando él pasara por el frente de mi casa, y la velocidad de las damas chinas para abordarlo con seguridad y respeto. “Señor diputado” le dije,  “yo soy el novio de su hija y quiero que lo sepa”.  Y él me contestó, “Usted no entra más a mi casa”. Y yo argumenté como había aprendido en la pensión de mi madre: “La razón de querer cambiar al mundo es justamente por el amor que nos debemos todos los seres humanos, y usted que nos representa en la cámara de diputados y que es opositor de todo lo que, según sus propias palabras, es esta democracia representativa, no puede impedir el amor que yo siento por su hija a pesar de mis 12 años”. Radaméz se llamaba el padre de Silvia, se quedó de una pieza y lo único que atinó a decirme es que yo era un osado. Terminé yendo a España, donde estaba mi papá, por fortuna.  

Gracias a Silvia, a Bartolomé y Ubaldo Lugo, a Rafael, Andra y Deisy Aumaitre, a Rodolfo Gómez, y todos aquellos que no nombro; y gracias a la pensión El Paradero, donde viví siete años, y aprendí que hay que defender lo que uno piensa y que ser osado es algo muy bueno, yo he sido un gran osado toda la vida.

Creo que no puede haber revolución donde no hay amor, que un peón es tan importante como un caballo, que la verdadera amistad te hace reaccionar con un par de bofetadas y que un amigo te puede llevar a ver tu primer partido de basquetbol. Que la música clásica tiene sentido cuando es parte de la cotidianidad de la vida y no una vanidad del intelecto, que la suerte y el amor pueden estar en una pensión que regenta una emprendedora que, sin quejarse, se sostiene a ella y a su hijo.

Vivan los osados, vivan los que alguna vez vivieron en una pensión y hoy viajan por el país y por el mundo, con la cortesía y la tolerancia de saberse ciudadano del mundo.

Notas de un morral. Jorge Díaz

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