Carretera, acórtate carretera

¿Qué aprendo cuando viajo? A estar solo y acompañado a la vez. La carretera se hace larga y sinuosa, vas concentrado escuchas algo de música; en mi caso, en este instante, escucho “Carretera” la alegre canción de Aldemaro Romero, interpretada por Los Cuñados.

Y a veces rezas. Si, porque comienzas una oración contigo mismo. Esa oración, por ejemplo, en vez de decir Padre nuestro que estás en los cielos, para mi son los paisajes que vas viendo rápido, las nubes que me avisan cómo me recibirán más adelante, el verdor de las montañas, los pequeños insectos que se estrellan frente a mi vidrio…Amen. Y te das cuenta de la maravilla que es viajar por Venezuela. A pesar de que las carreteras estén en mal estado, la inseguridad y todo lo malo que tú le quieras agregar. Por eso les digo que rezo, porque un rezo tiene algo poderoso, que es la fe absoluta en que todo en tu vida encontrará orden y paz.

Los Venezolanos tenemos un gran privilegio, la estupenda belleza que tiene nuestro país.

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En cada pueblo que visito, caserío o ciudad, médanos, playas y todo lo mucho que he recorrido, hay algo que siempre me llama la atención de su gente. Que detrás de toda historia de éxitos siempre hay una queja con el país, como si el país no fuéramos todos nosotros. El país se convierte en algo lejano cuando escucho  aquel tono de confesión de que algo no logramos. ¡Nada es perfecto!

Nada es perfecto, y tenemos la mala costumbre de pensar que nuestro presente y futuro no los arrebataron. No hay en nuestra historia un momento que no hable de ese terrible mal que acecha a cada uno de los casi treinta millones de habitantes que poblamos esta bella y generosa tierra. Eso nos ha impedido ver todos nuestros logros y los logros que podemos alcanzar.

Nuestras historias familiares están llenas de éxitos muy grandes, como la madre que logro levantar a sus hijos con su propio esfuerzo, el jugador que salió de un barrio muy pobre y logró ser una estrella en el beisbol de Grandes Ligas y, como estas, muchísimas historias más. ¿Pero dónde no nos creemos nuestras historias de éxitos? ¿Y quienes nos han inculcado que en nuestra historia siempre hay “culpables” de no tener todo el éxito que merecemos?.

La política. Sí señores, nuestros políticos, por más grandes que hayan sido, siempre comienzan o terminan valorando todo lo malo que no tenemos. Siempre hay un efecto mágico religioso que nos impide, por nuestras riquezas, porque nos conquistaron los españoles, porque el hombre llego a la luna, etc, que no logremos la meta que teníamos trazada. Y así le damos cabida en nuestras mentes y corazones a la rabia, las excusas y, sobre todo, las lamentaciones por algo que no tuvimos cuando pequeños y que nos faltó.

Es ahí cuando aquella madre que logró levantar a sus hijos sola, bota todo lo bien hecho por todo lo que le faltó. Y ése es el peso de no saberse exitosa, transmitiéndole a su hijo todo aquello que no tubo, por tal condición y por falta de aquello; sin darse cuenta de que con esa actitud, desprecia todo lo bueno y maravilloso de su esfuerzo, hogar, alimentación , amor, estudios, etc. ¡Qué culebrón!

Es como si la cultura del trabajo, en todas sus aplicaciones, no sirviera para nada y  en un solo gesto arbitrario, malcriado y de falta de inteligencia, pues ¡zas! ¡botamos todo lo grande y maravilloso que logramos!

¿Qué es la “falta de eso? ¿De dónde nos viene? Quizás de la terrible desconfianza que nos tenemos a nosotros mismos. Podemos ganar dinero, tener a la mujer o al hombre mas maravilloso de la tierra, las mejores playas, el mejor sol, hacer la mejor arepa, los más bellos páramos, las más bellas reinas de belleza del planeta, ¡todo el petróleo del mundo bajo nuestros pies! y nada de eso funciona. Hay en ese de nosotros un pequeño “ritus de derrota”, de algo que nos dice que no somos de verdad, que en toda nuestra vida hay una mentira, un secreto que nos va a desnudar y mostrar tal como somos. Es ahí donde nos perdemos.

Esta condición del “ritus de derrora” la han fomentado todos los que han tenido el poder. Por muy buena intenciones que tengan, siempre nos pierden. Y lo peor, ellos se pierden junto a nosotros. Por eso nuestras protestas no llegan a ninguna parte, ya que nos conformamos por los raticos que se nos brindan. Es como un pacto secreto, “Tú no vez todo la malo que tengo y yo te doy lo bueno y poquito que te puedo dar”.

Y así vamos en nuestra historia de devaluación en devaluación, no ahora, sino desde hace mucho tiempo, desde 1929. Siempre hay ajuste que hacer, eso se entiende, pero no lo que nos ocurre desde el 1983, que siempre nos vuelven más pobres.

Sin embargo la verdadera devaluación no es esa, sino la que no se ve, la de nuestro espíritu, la de nuestras ganas de triunfar y de nuestra falta de estima. Falta de estima en escuchar la verdad, en confrontarnos con ella, de no querer escuchar lo que nos dicen.  Y eso nos pasa a todos.

A pesar de esto buscamos el beneficio de ese tal, que está en el poder, para ver qué es lo que podemos obtener. Porque mi cuñado es pana del Presidente, o porque mi hermana fue novia de tal Gerente del banco tal. O la más sentenciosa, ¡Ultimadamente, yo soy venezolana (o venezolano, según el caso), y a mi me toca mi barril de petróleo y me lo tienen que dar! ¡Carajo es que no somos ricos! ¿No se dan cuenta?. Ése es nuestro ritus, nuestro “no sé qué”.

No creemos en la cultura del trabajo. Y es obvio que sea así, si siempre nuestros presidentes corren la arruga al empresario y este, a la vez, a cuenta de aceptar el costo social, va al Estado a pedir proteccionismo, dólares, negocios, etc.

Somos rentistas y esa es la verdad. Fuimos, somos y  lo seguiremos siendo, porque somos una sociedad conservadora que nos conformamos con poco. No creemos en nuestros títulos, no creemos en nuestros presidentes. Los llenamos de adjetivos peyorativos y de chismes locales. Que si tienen amantes, que si se drogan y por eso se le queda pegadas las palabras, o que se ensalman con cuanta vaina le diga un brujo. Por eso no supimos exigirle a los que estaban antes, ni a los de ahora, lo que queremos como sociedad, porque ni siquiera lo sabemos. Si  lo supiéramos  con profundidad no se hubieran cometido tantos errores que nos han llevado hasta aquí. Y por eso lo que fue la caída de unos, será nuevamente la caída de los de ahora.  

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Buscamos afuera siempre ese reconocimiento, esa patente de éxito que nos venga de afuera. El mayor éxito que cada uno de nosotros debe obtener es el propio reconocimiento, ser individuos capaces de lograr y concretar sueños, logros que se materializan y se comparten con la sociedad.

Sé que debería haber hablado de viajes. Pero me es imposible hacerlo si no soy capaz de hablar del único viaje que realmente me importa, que es el de saberme lleno de defectos, pero con una ganas inmensas de mostrar lo mejor. Es ver al pasado, pero estar ubicado en el presente para poder llegar a ese futuro, futuro aquí en la tierra, en mi país…

La carretera está muy bella y la canción de Aldemaro Romero, cantada por Los Cuñados, me acompaña y yo le hago el coro. Carretera, acórtate carretera, que me ahoga la distancia de qué manera. Cementera, perdóname cementera, si tumbo la flor del llano con mi carrera.

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Debemos tener fe. Esa es mi oración en cada viaje que hago por Venezuela. Y encuentro esa fe cuando veo las sonrisas de gente generosa y con ganas de atenderte bien, de salir adelante, cuando escucho las canciones de nuestros cantores populares y admiro el trabajo de nuestros artesanos, de los de verdad, de los que tienen una propuesta. Cuando como la comida de Paria y conozco al posadero que te brinda hospitalidad. En el policía que te protege, en los camioneros que surcan todo el país para llevar los productos alimenticios, en la cerveza que me brindan en una taguara de algún pueblo perdido, mientras juego domino como un paisano más. En mis paseos en moto, en caballo, en bicicleta . En ustedes que se tomaron su valioso tiempo para leer estas líneas. Esta es mi fe por Venezuela.

Vivamos el presente y dejemos de echarle la culpa al pasado, el futuro lo tenemos en la esquina.

 

Notas de un Morral.

Jorge Díaz

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