El artista Daniel Suárez no se va del país y sigue creando: “En Venezuela hay muchas cosas por hacer”

Soñador de sus obras y ejecutor de las de otros, el escultor y restaurador mantiene abierto en Caracas -a pesar de la crisis y el desaliento generalizado- el Centro de Arte Daniel Suárez. En pocas semanas se estrenará un documental sobre su vida del realizador venezolano Jorge Díaz. Aunque suene paradójico, Suárez, un maestro del color, es daltónico

El hierro es su material preferido y su cercanía con los clavos comenzó hace más de 60 años, cuando era un muchachito de solo siete. Tal vez por eso el artista plástico Daniel Suárez es de los hombres que se hacen fuertes en una idea (tanto como lo puede ser el hierro) y que la fijan para que nadie la ponga en duda (tanto como lo consiguen los clavos).

“En Venezuela hay muchas cosas por hacer”, asegura. Lo dice para darle más fuerza a la declaración de principios que formuló segundos antes en esta entrevista con Contrapunto: No me voy de Venezuela. No lo hizo antes, cuando era un joven y por amor decidió no marcharse a París; mucho menos ahora.

 

 

 

Entre ese muchachito nacido en San Cristóbal el 13 de enero de 1950 (el único hijo varón de una familia de varias hembras en la que las cosas no sobraban), y el portento de escultor que es hoy día -representante del arte abstracto geométrico venezolano- hay muchos tránsitos dulces y amargos; pero hasta de lo más duro se aprende.

Y si su papá, el constructor merideño -que “hacía de todo”- Esteban Ruiz, lo puso a enderezar clavos, eso le sirvió para convertirlos en un elemento más de su arte. Y si Luis González le permitió usar su taller de herrería, próximo a la casa familiar en la capital tachirense y equipado hasta con una troqueladora, eso lo ayudó a aprender el manejo de los materiales que se antojan indomables.

 

 

Cosa que parece inverosímil, y que forma parte de sus contradicciones, es que Daniel Suárez es daltónico, por lo que los preciosos tonos que los espectadores aprecian son, para él, invisibles. Lo comenta al final de la conversación, como para salir del paso, pero para un hombre pintado de colores no es un dato menor que no pueda percibirlos en toda su plenitud. Más paradójica aún es la paleta que prefiere: rojo, blanco y amarillo.

 

 

Por esa angustia que todo creador lleva por dentro -y que no se sacia con nada, como un hambre sin dueño- Suárez es un artista que elabora sus obras; que piensa en una vagina y la convierte en una escultura que grita a todo pulmón “soy una vagina”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero por ese papá y ese vecino que le dieron las herramientas en San Cristóbal, también es el ejecutor de las piezas de otros que las tienen en su cabeza aunque no las sacan de las entrañas de una lámina de hierro. El suyo es el brazo que concreta las obras de personajes como Juvenal Ravelo y Octavio Herrera, y que volvió materia las ideas de al menos 15 artistas.

Y como todos los materiales son maleables -también lo es el ser humano- los años lo modelaron y lo transformaron en un restaurador de reconocimiento internacional.

“La escultura es un trabajo de equipo”, confirma. Sin embargo, la obra es la que se adueña de su espacio.

 

Una de sus creaciones más duraderas, una empresa familiar en la que trabajan cinco personas, tiene árboles, piso, un piano, árboles de mango, esculturas y hasta una gata llamada Minina: es el Centro de Arte Daniel Suárez, ubicado en la Alta Florida, donde este maestro instaló su taller desde 1999, a lo mejor con la añoranza del ambiente del río Torbes de su infancia.

En el centro -bien dotado con máquinas para corte de metal y no metal- se presta apoyo integral a los creadores, desde la concepción de una pieza hasta su comercialización. El responsable es Danny Suárez Bustamante, uno de los cuatro hijos de Suárez, quien utiliza la antropología que aprendió en la universidad para escudriñar en el alma de los artistas y lograr que sus conceptos salgan de los enunciados.

“Cumplimos todo el proceso de producción”, garantiza Suárez Bustamante. Sortean con toda la habilidad posible la hiperinflación y la dificultad para encontrar hasta un thinner.

 

 

La vida del artista se convirtió en un documental: “Daniel Suárez, entre la razón y la pasión”, del realizador venezolano Jorge Díaz, que será estrenado en las próximas semanas. De unos 30 minutos de duración, el documental retrata no solo el trayecto del artista -con la muy íntima visión de Díaz-, sino también su relación con la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) -que alberga no pocas de sus obras- y el peso específico de su familia.

Díaz muestra a ese muchacho tachirense que veía el relámpago del Catatumbo -en la platabanda de la casa familiar- con la emoción del que observa cómo la luz se vuelve un cielo, y al hombre enamorado que confecciona una Carmen del rojo de un disparo al corazón.

 

 

Suárez -sin segundo nombre- es mucho más que ese artista de catálogo que hace del arte una declaración de principios; que completó sus estudios formales hasta tercer año de bachillerato y que conoció la obra del pintor ruso Vasili Kandinsky por una revista soviética.

Le encanta la música; tanto, que sostiene que trabaja mientras escucha a Los Beatles. Ama el cine, hasta el punto de que con el dinero de su papá le pagaba por enderezar clavos lo usaba para pagar la entrada a sus horas de oscuridad. Como la familia vendió carbón en San Cristóbal, se apegó a esta roca para dibujar los paisajes y barcos que, con los años, dejó atrás por el arte abstracto geométrico. Todo esto lo cuenta en su voz baja, porque no hace falta elevarla; en su caso son los colores los que gritan.

Aunque estudió en la escuela de bellas artes de San Cristóbal, se considera un autodidacta que se pulió con un curso de dibujo por correspondencia -humorístico, artístico y publicitario- que vio en una revista y compró en Argentina con 20 dólares. A pesar de que es uno de los exponentes del arte geométrico, no solo se relaciona con los volúmenes: su primera experiencia artística en Caracas fue con el cuadro Miranda en La Carraca, de Arturo Michelena. Casi 50 años después, Daniel Suárez, el tachirense de las primeras veces y de los cielos como clavos, eligió moverse en el mundo de la gratitud y no en el de las traiciones.

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