Estados Unidos a ojos de un caniche John Steinbeck

Estados Unidos a ojos de un caniche

Rescatado el célebre libro de viajes de John Steinbeck con su perro 'Charley'

 

John Steinbeck y su perro en 1962, año de la publicación de 'Viajes con Charley'. / CORBIS

John Steinbeck escribió Viajes con Charley en busca de Estados Unidosen 1960, dos años antes de recibir el Premio Nobel y ocho antes de morir en su casa de Nueva York. Un libro de carretera junto a su perro, un caniche francés gigante entrado ya en edad, y a bordo de su caravana, de inapelable nombre literario: Rocinante. El objetivo: redescubrir su país, palpar su identidad, no lanzar, en sus palabras, “un hurra patriótico”, sino recuperar sus raíces, tan arraigadas al tronco de los robles como a las pequeñas costumbres de las personas. “La identidad estadounidense es algo demostrable y preciso”, escribe Steinbeck en esta ruta por su país y por sí mismo.

El libro, un clásico reeditado ahora por Nórdica (con traducción de José Manuel Álvarez Flórez), pasó hace tres años por una agria polémica cuando el periodista estadounidense Bill Steigerwald demostró que el itinerario seguido por Steinbeck era más que improbable. Según Steigerwald (que tiene un blog dedicado al asuntoViajes con Charleyes un “fraude” a los lectores ya que no responde a una ruta real (durante 75 días se recorren 16.000 kilómetros a lo largo de treinta y cuatro Estados) y muchas de sus supuestas paradas no son un registro documental sino pura ficción. Además, según el periodista, el escritor deLas uvas de la ira habría hecho gran parte del trayecto acompañado de su mujer, y no de Charley, y los hoteles de lujo habían sido más frecuentes que los moteles de carretera.

Mientras los especialistas en el escritor han quitado importancia a la revelación, apoyados en que la disyuntiva entre realidad y ficción es compleja y las interpretaciones maniqueas son peligrosas, The New York Times lamentaba en un editorial que Steinbeck hubiese insistido en que esta “deliciosa” obra tenía una base absolutamente real. Steigerwald, por su parte, ha sabido amortizar sus pesquisas publicando un contra-libro (Dogging Steinbeck) destinado a desenmascarar al Nobel.

Charley, escribe Steinbeck, "tiene personalidad, temperamento, individualidad y carácter único”

El debate, sin embargo, se queda ahí: basta un cambio de etiqueta, de género o de estantería para zanjarlo. ¿Acaso Frederic Prokosch no escribió uno de los libros de viajes más hermosos de Asia Central sin salir de la biblioteca de Madison?

El propio Steinbeck despeja bastantes dudas cuando asegura en un momento del libro: “Si otro estadounidense al leer esta crónica la creyese cierta, esa coincidencia de pareceres sólo significaría que somos semejantes en nuestra americanidad”. “Sería agradable”, añade, “poder decir ‘Salí a buscar la verdad sobre mi país y la encontré’. Y luego sería una tarea muy fácil escribir mis hallazgos y retreparme cómodamente con la espléndida sensación de haber descubierto verdades y habérselas transmitido a mis lectores. Ojalá fuese tan fácil. Pero lo que llevaba en la cabeza y, más profundo aún, en mis percepciones, era un barril de gusanos. Descubrí hace mucho recogiendo y clasificando animales marinos que lo que encontraba estaba íntimamente entremezclado con cómo me sentía en ese momento. La realidad externa tiene un medio de no ser tan externa, después de todo… Este monstruo de país, esta nación que es la más poderosa de todas, esta progenie del futuro, resulta ser el macrocosmos del yo microcósmico”.

Viajes con Charley es un clásico no tanto de la literatura de viajes como de la literatura “animal”, ese sentimental género en el que un perro, un burro, un gato o un grillo se convierten en el principal interlocutor del narrador. Charley, escribe Steinbeck, “tiene personalidad, temperamento, individualidad y carácter único”. Es un caniche francés “viejo y caballeroso” educado en Francia, “aunque sabe un poco de inglés caniche, sólo responde con rapidez a órdenes en francés. Si no, tiene que traducir, y eso le retrasa. Es un caniche muy grande, de un color llamado bleu, y es azul de verdad cuando está limpio. Charley es un diplomático nato”. Como tantos otros perros literarios, este no habla pero comprende. Charley escucha y observa y es la excusa para que el paisaje parezca virgen otra vez. Charley es, además, una buena excusa para entablar un diálogo con desconocidos y también con uno mismo. “Yendo por la gran autopista, cerca de Toledo, tuve una conversación con Charley sobre el tema de las raíces… Charley no es un ser humano; es un perro y le gusta serlo. Se considera un perro de primera clase, y no tiene el menor deseo de ser un humano de segunda… Charley se ha relacionado siempre con los cultos, los distinguidos, los literatos y la gente razonable, tanto en Francia como en este país. Y tiene tanto de perro como de gato. Posee unas percepciones agudas y delicadas y sabe leer el pensamiento. No sé si puede leer el pensamiento de otros perros, pero puede leer el mío”.

Pero Viajes con Charleyes, por encima de todo, un libro sobre la vejez, sobre el otoño de un hombre acorralado por los problemas de salud.

Pero Viajes con Charley es, por encima de todo, un libro sobre la vejez, sobre el otoño de un hombre acorralado por los problemas de salud. Steinbeck acometió la aventura (o al menos parte de ella) a los 58 años, después de haberse recuperado de un ictus cerebral. Es ese estado lo que le empuja a vagar a lomos de Rocinante al lado de un perro viejo como él, a buscar —o sí, imaginar— esa realidad que no encuentra en las noticias o en los relatos de otros. Tocado por la melancolía, Steinbeck emprende ese viaje quizá disparatado sobre un mapa pero no sobre un estado mental: “Yo, un escritor estadounidense, que escribía sobre Estados Unidos, estaba trabajando de memoria, y la memoria es, en el mejor de los casos, un depósito defectuoso y deformado. No había oído el habla, ni olido la hierba ni los árboles ni las alcantarillas, ni visto sus cerros ni sus aguas, ni su color ni la calidad de su luz. Sabía de los cambios sólo por los libros y los periódicos. Pero, aparte de eso, llevaba veinticinco años sin sentir el país”.

 
 

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